martes, 20 de noviembre de 2018

Clericalismo y Diezmo para sueldo de Obispos argentinos (IV)

[Apuntes 21] Me alegra enormemente que los temas sobre Liturgia, y sobre Teología Dogmática (De Sacramentis) ligados a la Liturgia, tengan tanto eco entre los lectores de esta pequeña bitácora de meros apuntes. Eso indica que consciente o inconscientemente vivimos como si la Santa Misa fuera la fuente y la culminación de nuestra vida cristiana, ¡que lo es! Eso habla muy bien de los lectores!... Gracias por la lectura de mis improvisadas reflexiones y por los comentarios, y lamento no tener la suficiente pericia y sabiduría para solucionar todas las cuestiones y despejar todas las dudas que los lectores plantean. Creo que en la próxima nota seguiré con estos temas litúrgicos-dogmáticos, pero hoy permítanme volver al tema anterior (el del título), con una cuarta nota (y espero que última).

Pensaba que ya había dicho todo lo que convenía decir en la serie de tres notas escritas la pasada semana (primera nota, segunda nota, tercera nota). Pero algunos comentarios de los lectores me sugieren que termine la serie con esta cuarta nota, dedicada a un par de casos concretos que he conocido a lo largo de mi vida, y que pueden poner más en claro a qué me refiero con el defectuoso título que elegí para la serie. Defectuoso porque el aporte económico del Estado argentino a la Iglesia no es en calidad de “sueldo” para los obispos (aunque de hecho hay una suma fijada para cada uno de ellos, y los propios obispos argentinos la llaman así: sueldo, y así se los he escuchado más de una vez), en segundo lugar porque no se trata propiamente de “diezmo” de los fieles (aunque esa palabra sea usada también para indicar el dinero que los feligreses dejan caer en el cepillo o la canasta durante la Colecta en las Misas de domingo), y en tercer lugar porque no se ve claro qué tiene que ver el “clericalismo” en todo este asunto, aunque espero que con esta cuarta nota se vea.

Comencemos de atrás para adelante. Es posible que los fieles no se den cuenta que es pecado de clericalismo cuando el cura párroco usa el tiempo de la homilía del domingo para hablarles de sociología, o de ecología, o de psicología barata de diván, sin predicarles la Palabra de Dios según la Tradición de la Iglesia Católica. También es posible que los fieles no se hayan dado cuenta que es verdadero clericalismo que desde hace cincuenta años los curas que han venido teniendo transitoriamente al frente de la parroquia, fueran desmantelando la iglesia (el templo) de todo aquello que con tanto esfuerzo habían construido generaciones y generaciones de fieles, nuestros antepasados: obras de arte, pinturas, maravillosos retablos de altares, tabernáculos, altares principales y laterales, imágenes de santos, comulgatorios de mármol, bellísimos púlpitos, etc… deshaciéndose de todo ese patrimonio en iconoclasta “reforma” que, peor aún, se hacía porque –así lo decían- “la ha pedido el Pueblo de Dios, la comunidad de los fieles”, sumando la mentira al sacrilegio. Puede ser que los fieles no adviertan que se trata de vicio de clericalismo cuando llega un nuevo cura y deshace lo que el anterior ha hecho, simplemente porque ahora él está “al mando”, y de la Acción Católica se pasa a los Cursillos de Cristiandad, y de los Cursillos al Catecumenado, y de los Carismáticos a las Misas estilo Taizé, etc. y los laicos aceptan todos los cambios sin chistar siquiera. Es posible que los fieles no vean el vicio del clericalismo en todo eso, o que viéndolo lo consientan porque, al fin de cuentas, su compromiso con la Fe no llega a movilizarlos como para tomarse la molestia de decirle al cura que no puede hacer lo que no tiene derecho a hacer en cuestiones de liturgia, arquitectura, docencia en la Misa o en las reuniones, o con los movimientos de laicos. Será que hoy –gracias a los curas que han tenido al frente de sus parroquias- a los fieles católicos les importa poco y nada de todo eso... ¡Pero... habrá que ver si los fieles se quedan tan pasivos cuando el clericalismo llega hasta meterles la mano en sus bolsillos! Que precisamente eso es lo que pretenden hacer hoy los obispos argentinos cuando para compensar “gradualmente” han decidido “renunciar” a los aportes del Estado con la “solidaridad” de los fieles “al modo de las primeras comunidades, que ponían todo en común”.
¿Qué pueden hacer los fieles para darse cuenta, y no caer ellos mismos “por pasiva” en el clericalismo?... Me refiero al tema en cuestión, o sea, el cumplimiento del quinto precepto de la Iglesia, que dice: “Ayudar a la Iglesia en sus necesidades”. No se me ocurre nada mejor que mencionar un par de casos concretos, un par de ejemplos, de los que he sido testigo a lo largo de mi vida, a veces testigo directo y a veces indirecto.

Comienzo por un caso que he conocido bien. Hace una larga treintena de años, en una diócesis argentina recostada sobre el piedemonte andino, en un barrio de los suburbios de una gran ciudad, un barrio abandonado a la misericordia divina, porque los sacerdotes no llegaban a decir Misa ni siquiera de tanto en tanto, un buen grupo de católicos de fe y de decidido entusiasmo, fue creando de a poco la comunidad cristiana: el Rosario semanal rezado en un garaje desocupado que facilitó una vecina, la visita de la Virgen a las casas de familias, juntarse en alguna que otra peregrinación a algún santuario, todo fue haciendo que la comunidad creciera y que incluso se pudiera recolectar lo suficiente como para pagar los gastos al padrecito que se animara a allegarse aunque más no fuera de tanto en tanto a celebrar Misa. Eran tiempos duros, porque faltaban sacerdotes, ya que muchos, la mitad de los que había en la diócesis, se habían ido, se decía que "peleados" con el obispo, y entre los fieles no se entendía bien por qué razón había sucedido eso, aunque se hablaba, eso sí, de un “concilio” que se había reunido en Roma, y que había “revuelto” todo en la Iglesia, y no todos entendían igual las cosas.
La fortuna (a la que los cristianos llaman gracia) quiso que la comunidad creciera tanto que el obispo destinara al barrio un buen sacerdote, que había sido salesiano, y que por las mencionadas necesidades de la diócesis, había pasado al clero. El cura de la nueva parroquia que con el tiempo iba a crear el obispo era maestro en una escuela primaria, y tenía su sueldo de docente; de modo que con toda honestidad les dijo a los feligreses del barrio que él no necesitaba dinero, que con su sueldo de maestro podía mantenerse decorosamente, y que sería la comunidad la que iba a administrar el dinero de la comunidad, para lo que hiciera falta (luz, gas, impuestos, gastos de todo tipo de la parroquia), y que a él no le darían un centavo.
Se formaron dos grupos, “administradores” llamémoslos, uno de adultos, otro de jóvenes, y ambos trabajaban a la par, consiguiendo fondos, motivando en las colectas y recaudaciones, buscando proveedores, controlando los gastos, en suma: administrando. Hoy, a décadas de aquella historia, la parroquia tiene su templo, capilla del sagrario y casa parroquial. Todo funcionó a la perfección, por el simple hecho de que el sacerdote a cargo de la comunidad tenía bien en claro lo que decorosamente necesitaba para su sustento (o como dice el Código de Derecho Canónico c.222: “honesto sustento de sus ministros”) y eso lo obtenía simplemente con su sueldo de maestro de escuela primaria. Tengo entendido que el "grupo administrador", siempre formado por laicos, continúa en sus funciones. Pero ya no estoy tan al tanto en detalle de cómo van las cosas en la vida parroquial. Sé que deben darle su "sueldo" al cura, y también he sentido rumores de que cura y laicos parece que no entienden lo mismo cuando se habla de "decoroso sustento del ministro"...

Pude ser testigo de otro caso, hace de esto ya unos treinta años también. Eran tiempos duros, la época de la llamada “hiper-inflación” durante el gobierno de Raúl Alfonsín. El comentario general entre los sacerdotes del presbiterio de una diócesis de muy al norte argentino (según testimonios directos en algunos casos, y en otros según lo que se rumoreaba), era que las Parroquias ni siquiera reunían lo suficiente para pagar las facturas de la energía eléctrica. Apenas se alumbraba el altar, y los templos quedaban semi-oscuros, y se insistía motivando a los fieles en las colectas, aunque tampoco se podía insistir tanto, porque las consecuencias de la  “hiper-inflación” las sufrían todos!
El caso es que, según me enteré, un sacerdote amigo (habíamos sido compañeros en el seminario), se hizo cargo transitoriamente, como administrador, de una parroquia de aquella diócesis. Según recuerdo, iba a estar apenas unos meses, no me acuerdo si cuatro o cinco meses, hasta que tomara posesión el nuevo cura párroco. A sabiendas, por referencias del cura anterior, de las dificultades económicas de la parroquia, mi amigo se movió prudentemente aquel primer mes de su gestión, cuidando cada peso (o austral, de aquella época) y gastando sólo lo necesario. La sorpresa fue que al pasar las primeras semanas, mi amigo se encontró con que las dificultades no eran tan graves como él se las había imaginado y, a decir verdad, ni siquiera eran dificultades! El caso es que pudo llegar con holgura a fin de mes, e incluso ahorrar buena cantidad al cabo de todos los meses que allí estuvo, para beneplácito del nuevo cura párroco, al llegar al lugar. Evidentemente también aquí se había tratado de un diferente entendimiento de la idea de "decoroso sustento del ministro"...
Esta segunda narración no quedaría completa si no menciono otro dato significativo: mi amigo, al ver el estado de la Caja Parroquial al final del primer mes, no tuvo mejor idea que publicar en las puertas de entrada del templo parroquial, a la vista de todos los fieles que llegaran, el Estado de Cuentas, de entradas y salidas. Lo cual me parece a mí algo absolutamente razonable y lógico. ¿No les parece algo de lo más natural, estimados lectores?... De ese modo la comunidad tuvo completa información del dinero que la misma comunidad reunía domingo a domingo, y del uso y destino que se hacía de esos fondos.

Supongo que no es necesario que yo saque conclusiones acerca de estos dos ejemplos, o de los casos que los propios lectores podrán recordar y de los que han sido testigos. Supongo que no es necesario que yo sugiera aquí medidas prácticas para que los fieles laicos de las comunidades parroquiales de las diócesis argentinas controlen los fondos que aportan a Parroquias y Diócesis, y exijan saber el destino de lo que aportan, y reclamen que se les informe del estado de cuentas parroquiales y diocesanas… No sea cosa que algún día se lleven la sorpresa que han estado financiando vacaciones indebidas del clero, viajes a Roma no se sabe para qué, mitines políticos, o, en el peor de los casos, pagando las costas e indemnizaciones por juicios de pedofilia, y -aún así- no lleguen a evitar la quiebra económica de su diócesis, como está ocurriendo hoy no en pocos lugares del mundo. Los fieles laicos, conscientes, sabrán qué hacer, qué les corresponda hacer, para que nuevas manifestaciones del clericalismo (o abuso clerical) termine metiéndoles la mano en sus bolsillos. No lo consientan. La culpa del vicio del clericalismo no es sólo de quienes lo cometen, sino también de quienes lo consienten, porque hay un clericalismo por activa y un clericalismo por pasiva.

domingo, 18 de noviembre de 2018

Asistiendo a la Misa del Novus Ordo postconciliar

[Apuntes 20] En muchas ciudades no hay más remedio. Aunque el fiel católico tenga bien en claro el incomparable valor de la Misa Tridentina (o Misa Rito Extraordinario, según la terminología inaugurada por el papa Benedicto XVI con su motu proprio Summorum pontificum) no siempre se encuentra un templo o capilla donde la celebren. Debiendo celebrarse como es debido el Domingo, el Día del Señor, con las mejores disposiciones del alma hay que asistir a la Misa del Novus Ordo, a la así llamada Misa de Pablo VI. ¿Ansiedad, dudas, angustias, escrúpulos?... Frecuentemente suelen ser los sentimientos que afloran en tales casos a la conciencia de muchos católicos que desean respetar la Fe tradicional, la Fe y la Misa de la Iglesia de siempre.
Bien lo sabemos, para que una Misa sea válida, el celebrante debe "tener la intención de hacer lo que hace la Iglesia". Entonces, si se da el caso en que un sacerdote no cree en la Transubstanciación y en la Misa como el renovado Sacrificio de la Cruz... e incluso quizás lo diga abiertamente... ¿es su Misa "inválida"? Puede parecer que la respuesta afirmativa sea de sentido común, ¿no es cierto? ¿Cómo demonios puede pretender celebrar la Misa si no cree en la Misa?

Para colmo de males, hay errores muy difundidos acerca de la validez o invalidez de la Misa Novus Ordo. Por caso, en el sitio web de la FSSPX Distrito América del Sur, hay una sección de preguntas frecuentes, y una de ellas trata de: “¿Cuál es el problema con la Nueva Misa?”. El artículo se inicia con una correcta distinción: “Nótese que la validez de una misa y la conveniencia de su rito son dos cuestiones diferentes”, sin embargo, luego el articulista confunde los dos problemas,  y llegado al punto de la validez de la Misa Novus Ordo, a la cuestión planteada responde erróneamente lo siguiente: “¿Debemos decir que la Nueva Misa es inválida? Esto no ha sido demostrado, pero puede argüirse lo siguiente: por un lado, la Nueva Misa no está cualificada como rito católico; por otro, el celebrante debe querer hacer lo que hace la Iglesia; ahora bien, la Nueva Misa ya no garantiza por sí misma que tiene esa intención, la cual dependerá de su fe personal (generalmente desconocida para los presentes, pero más o menos dudosa a medida que avanza la crisis en la Iglesia). Por tanto, puede presumirse que estas misas son de validez dudosa, y más aún con el paso del tiempo”. Este tipo de errores están hoy muy difundidos, particularmente en ámbitos católicos tradicionalistas, siempre confundiendo validez de la Misa con conveniencia de que la Misa sea celebrada con tales y cuales características. Otro ejemplo, entre tantos, de esta confusión, es un artículo del padre Lucas Prados, donde llega hasta a sugerir los indicios a través de los cuales el fiel católico podría distinguir o no si el celebrante tiene o no la recta intención que se necesita para la validez de la Misa. Absurdos que no hacen más que agravar la psicastenia de ciertos fieles.

Misa del Rito Ordinario en la Basílica Catedral N.S. del Rosario, Rosario, Argentina.
Por mi parte, puedo comprender perfectamente la preocupación y la ansiedad de los fieles ante esta situación, puedo entender sus dudas, sus escrúpulos, sus angustias. Y en realidad está muy mal que algunos sacerdotes, con frases altisonantes y provocativas, se la pasen hablando continuamente de la Santa Misa como "cena del Señor", "banquete eucarístico", "asamblea del Pueblo de Dios", "fiesta de la comunidad cristiana", sin ni siquiera mencionar nunca que se trata del Santo Sacrificio de la Misa, que es el mismo Sacrificio de la Cruz, aunque incruento. Está muy mal que haya sacerdotes que pongan en tales estados de ansiedad a la plebs sancta Dei. Pero también está muy mal que desde el otro extremo, los defensores de la Tradición, acrecienten la ansiedad de los fieles induciéndolos a escrúpulos indebidos. Sin embargo, tenemos al alcance de la mano una explicación que nos dará tranquilidad. Reflexionemos...

La ansiedad de los fieles respetuosos de la Tradición, que se ven obligados en ciertas ocasiones a asistir a la Misa del Novus Ordo, o Misa del Rito Romano Ordinario, merece una respuesta. Una respuesta no basada en la especulación teológica moderna, o en la teología que hoy está a la moda, y menos basada en argumentos simplistas, como quisieran ciertos tradicionalistas: validez de la Misa Tridentina, invalidez de la Misa de Pablo VI. Nada de eso. La respuesta correcta debe fundarse en la firme enseñanza tradicional de la Iglesia, basada en el depositum fidei, magisterio establecido durante siglos a impulsos del surgimiento de aquellos errores que había que combatir, o aquellas dudas y preocupaciones que había que despejar, y eso a lo largo de toda la historia de la Iglesia.
Ahora bien, respecto al tema que nos ocupa, el locus theologicus classicus, la fuente por excelencia, es un texto de san Roberto Belarmino (1542-1621), opositor vigoroso de las herejías protestantes, canonizado en 1930 y declarado Doctor de la Iglesia en 1931. Lo dice muy claro en su tratado De Sacramentis in genere capítulo 27 párrafo 8, que enseguida transcribiré en versión española. Pero, antes de ello, conviene que el lector recuerde que Belarmino no estaba escribiendo en un tiempo de dudoso o falso ecumenismo, como es el actual, sino que escribía cuando las controversias con el Protestantismo estaban en su punto más álgido.

Escribe san Roberto Belarmino: "No hay necesidad de tener la intención de hacer lo que hace la Iglesia Romana; sino lo que la Iglesia verdadera hace, sea cual sea la Verdadera Iglesia. O lo que Cristo instituyó. O lo que los Cristianos hacen. Porque todas estas realidades significan lo mismo. Tú preguntas: ¿Qué pasa si alguien tiene la intención de hacer lo que hace una iglesia particular y falsa, que él mismo cree que es la verdadera, por ejemplo, la iglesia de Ginebra; y tiene la intención de hacer no lo que hace la Iglesia Romana? Respondo que, incluso eso es suficiente. Porque el hombre que tiene la intención de hacer lo que hace la iglesia de Ginebra, tiene la intención de hacer lo que la Iglesia universal hace. Debido a que él tiene la intención de hacer lo que tal o cual iglesia hace, porque él cree ser un miembro de la verdadera Iglesia Universal, acepta que esté equivocado al reconocer la Verdadera Iglesia. Ya que el error del ministro sobre la Iglesia no quita la eficacia del Sacramento. Sólo el defecto de intención hace eso".
Queda claro que "Ginebra" hace aquí referencia a la ciudad del famoso hereje Juan Calvino. Belarmino quiere decir que, con tal que el celebrante sea un sacerdote válidamente ordenado y use pan de trigo y vino verdadero, lo único que invalida su "Misa" es si se dice deliberadamente a sí mismo "Yo no tengo la intención de celebrar la Cena del Señor". Y eso es infinitamente improbable. Es mucho más probable que nuestro imaginario Cura Chiflado (modernista, catecumenal, carismático, o como se nos antoje calificarlo) piense que su propia comprensión totalmente maravillosa de la Misa está más cerca de la mente del Señor sobre su Cena que todos esos puntos de vista, requisitos, rúbricas y condicionamientos impuestos por ese aburrido "establishment" clerical del Vaticano, como puede quizás considerarlo. Lo más humanamente seguro es que nuestro imaginario Cura Chiflado, cuanto más equivocadas sean sus opiniones acerca de lo que realmente es la Santa Misa,  realmente tiene la intención de celebrarla. Y por lo tanto, dice Belarmino, esa es una intención suficiente.

Misa Tridentina en la Capilla del Santísimo Rosario, Rosario, Argentina.
En realidad, casi la única manera en que un sacerdote "de los que hoy van a la moda" pueda invalidar una Misa es si no utiliza Pan y Vino, y en su lugar, por ejemplo (debido a una malentendida "inculturación") use bocadillos de centeno y sidra, o pan de arroz y sake. Aparte de esa contingencia, el laico devoto, ortodoxo y tradicional, no tiene nada de qué preocuparse al asistir a una Misa de Rito Ordinario, o del Novus Ordo, en cuanto a su validez. Nótese que me estoy refiriendo sólo a su validez y no a la conveniencia o no de asistir a ella (porque hemos partido en estos apuntes de los casos en que, aún reconociendo la conveniencia de asistir a una Misa Tridentina, no tenemos más posibilidad que asistir a la Misa postconciliar). Después de todo, si un mero error doctrinal, o un ritual impropio, fuera suficiente para invalidar un Sacramento, uno nunca tendría la certeza de que ningún Sacramento haya sido invalidado por los propios errores doctrinales del celebrante o sus caprichos personales. Y los Sacramentos son los Sacramentos de Cristo, válidos en virtud de su promesa, porque Cristo es verdadero y fiel para mí, como también lo es para el lector.

Por consiguiente, ahora me voy a imaginar un improbable caso extremo, escandaloso quizás, pero imaginado al sólo efecto de aclarar el punto al que me refiero, más allá de toda duda. Pues bien, si el lector, por error, o por obligación, o por compromiso, estuvo presente en una Misa en la que el sacerdote, por ejemplo, vestía jeans bajo el alba, y apartándose de las rúbricas se inventó muchas de las oraciones, y una monjita “A” rasgaba desafinadamente una guitarra, y una monjita “B” estaba al lado del sacerdote fingiendo concelebrar, y el altar era una simple mesa de café de madera mal enchapada, y algunas jovencitas en minifalda improvisaban la danza del vientre durante el ofertorio, etc., etc., etc... aún así, y por más errores litúrgicos, o atropellos y sacrilegios, que allí pudieran haberse cometido, el lector… deberá arrodillarse y adorar al Verdadero Cuerpo y la Verdadera Sangre de Cristo, porque ellos están allí verdaderamente presentes.

Y el lector no se preocupe tampoco por recibir la Comunión en una iglesia donde se usan ambas formas del Rito Romano, el Ordinario y el Extraordinario; no se preocupe de que las hostias consagradas en una Misa del Novus Ordo hayan sido mezcladas en el Tabernáculo con las consagradas en una Misa Tradicional. Porque ¡el Cuerpo de Cristo es el Cuerpo de Cristo!. Realiter et substantialiter.
Y la Misa es la Misa, cualquiera que sea el rito, y por muy perverso que sea su celebrante. Y entonces no es correcto llamar a ninguna Misa "diabólica" (aunque algunas Misas puedan ser inconvenientes para la fe y la perseverancia de la vida en gracia de los fieles). El humo de Satanás pudo haber entrado en los pulmones del celebrante, pero su Misa sigue siendo la augusta y adorable oblación de la Divina Víctima. El poder de Dios es más fuerte que la perversidad del Hombre o las maquinaciones del Maligno. Esa es la garantía infalible que nos da Dios, que nos ama.

Sin embargo, si tú, estimado lector que me lees, dices: “No recibiré esas hostias porque fueron (o podrían haber sido) consagradas en una ‘Nueva’ Misa”, entonces tú estás “faltando en discernir el Cuerpo del Señor”, y cayendo -en el lenguaje paulino- en condenación divina (recuerda por favor, lo que dice San Pablo en: 1 Corintios 11,29). Si no te arrodillas porque crees que el Sagrario que está frente a ti contiene hostias que no han sido consagradas adecuadamente, no eres un “tradicionalista”, sino tan sólo un pobre pecador que está rechazando a Jesús.

De todos modos, recuerden los lectores que éstos son sólo apuntes, y que me agradaría mucho recibir comentarios, que probablemente me darían ocasión para explicar otros aspectos del tema y ofrecer muchos nás detalles que no he podido incluir en la brevedad de este texto.

sábado, 17 de noviembre de 2018

Mario Caponnetto: “Humildemente le pido al Santo Padre que revea su decisión de beatificar a monseñor Angelelli”

[Apuntes 19] El programa El Compromiso del Laico, que se publica en el Canal TLVP1 de Youtube (cada nuevo programa a partir de la tarde/noche de los viernes), es un meritorio subsidio para los laicos católicos, particularmente los laicos argentinos, que deseen mantenerse actualizados del devenir de la Iglesia Católica (especialmente en Argentina). Sus conductores, Hugo Alberto Verdera y Miguel De Lorenzo, profesionales y laicos de extensa trayectoria, frecuentemente junto a personalidades invitadas, brindan sugestivas ideas y líneas de acción sobre distintos temas que comprometen el actuar responsable del laico, consciente de su insustituible rol en estos tiempos de crisis por los que atraviesa la Iglesia.
En el Programa N° 41 de la presente temporada (cuarta de la serie), desde ayer viernes 16 de noviembre ya publicado en el mencionado canal, recibieron la visita del Dr. Mario Caponnetto, médico cardiólogo y destacado docente en diversas áreas del pensamiento. El programa esta vez tuvo por título La Iglesia Clandestina ¿a los altares?, haciendo obvia referencia al apelativo (“Iglesia clandestina”) que diera el recordado Carlos Alberto Sacheri a ese numeroso sector de la Iglesia en Argentina (obispos, sacerdotes y laicos) que en la guerra revolucionaria que se desató en nuestro país en los años 70s, optó por la lucha armada terrorista, vinculados muchos al Movimiento Montoneros (nacido de un sector de la Acción Católica), otros muchos también al Movimiento de Sacerdotes para el Tercer Mundo, y todos ellos en mayor o menor medida fundados ideológicamente en la teología de la liberación, en su versión de teología del pueblo, y en un ingenuo y equivocado diálogo y compromiso con el marxismo.

El título del programa de ayer viernes, sugiere de entrada la conclusión a la que llegan los expositores, particularmente el Dr. Caponnetto: que la anunciada beatificación del obispo Enrique Angelelli, muerto –según todos los indicios- en un accidente automovilístico en 1976, es en realidad la pretensión de canonizar o legitimar aquel accionar pseudo-pastoral setentista, que hoy tiene su renovada versión en el Movimiento de Curas Villeros, fogoneado al calor de los aires neo-setentistas del reciente gobierno peronista 2003-2015.
Al respecto, uno de los datos destacables de la entrevista al Dr. Mario Caponnetto, es que la falsa declaración de martirio que el Vaticano ha hecho de la muerte accidental de mons. Angelelli, se basa no en las dos primeras causas judiciales, que dieron ambas por resultado la absoluta falta de pruebas de un supuesto asesinato, sino en la tercera causa, finalizada en 2015, y desarrollada en los amañados juicios de lesa humanidad que no han tenido ni tienen ningún sustento jurídico y han llevado a la cárcel a muchos inocentes, como precisamente a los denominados “autores ideológicos” de este falso crimen al que no se le ha encontrado autores directos (precisamente porque todo hace suponer que no los tiene). Precisamente, Caponnetto reveló que él se ha informado debidamente de las actas del tercer proceso, y en los más de 600 folios de que consta, no se agrega prueba ni indicio alguno a los existentes (¡ninguno!) en las dos primeras causas sobre el supuesto asesinato.

Otro momento revelador del programa se produjo cuando el Dr. Caponnetto dio testimonio directo de haber escuchado la narración del padre Eliseo Melchiori (quien fuera capellán en la Base Aérea de El Chamical, en la Provincia de La Rioja), acerca del pedido que recibiera del obispo Angelelli: “– Che, Melchiori, vos que estás con los milicos, ¿por qué no sacás algunos fierros y me los traés para que yo pueda armar a los muchachos?”.
La señora esposa del Dr. Mario Caponnetto, es María Lilia Genta, hija del recordado y admirable Jordán Bruno Genta, mártir por la fe, al igual que el antes mencionado Carlos Alberto Sacheri, brutalmente asesinados ambos por aquellos terroristas que formaban parte del E.R.P. y Montoneros, llevados a empuñar las armas por acicate de la prédica de clérigos como Angelelli.
La referencia del padre Melchiori es conocida, y el relato de María Lilia Genta ha sido publicado en muchos medios y blogs; pero como aún no había sido publicado en la presente bitácora, cumplo con ello:

“Después de ver por la televisión pública la sentencia del tribunal que condenó al Comodoro Estrella (que está hace más de sesenta años en la vida de mi familia) por el “asesinato” de Angelelli, logré recuperarme lo suficiente como para transmitir algo que supe, en su momento, de primera mano por boca de uno de los protagonistas.
Lo que voy a contar ocurrió poco tiempo después de haber sido designado Angelelli Obispo de La Rioja (julio de 1968), tras consumar su traición y zancadilla al Arzobispo de Córdoba, Monseñor Castellano, a quien hizo perder su diócesis. El Padre Eliseo Melchiori, de origen chacarero, doctor por Roma, Capellán de Aeronáutica (llegó a ser Vicario General de esa Arma) estaba destinado en la Base Aérea de El Chamical, en la Provincia de La Rioja. Así las cosas, Angelelli lo llamó a Melchiori citándolo en el Obispado para hablar. Los capellanes militares dependen del Obispado Castrense pero es costumbre y norma no escrita que tengan cierto vínculo y aún una relación cordial con el Ordinario de cada lugar. De modo que el buen Cura Melchiori acudió prestamente al llamado del Pastor. La sorpresa fue mayúscula cuando, al quedarse a solas con el Obispo, éste le espetó:
– Che, Melchiori, vos que estás con los milicos, ¿por qué no sacás algunos fierros y me los traés para que yo pueda armar a los muchachos?
Esto ocurría, allá por 1968, antes de que estuvieran definitivamente constituidas y diferenciadas las organizaciones guerrilleras que fueron, después, en los 70, el brazo armado de la subversión. Tan tempranamente, pues, andaba el Obispo entreverado con la lucha armada.
La negativa de Melchiori no se hizo esperar. Roma, con sus doctorados, no le había quitado al Cura su rico y fuerte vocabulario chacarero al que había agregado la jerga militar. Imposible, por tanto, reproducir aquí los términos en los que se dirigió al Obispo. Solía decir mi padre, refiriéndose a los Prelados indignos: “si ellos no respetan su investidura yo sí la respeto”. En fidelidad a este magisterio me abstengo de calificar al Obispo.
Esta anécdota se la hice llegar a Monseñor Giaquinta que presidió la Comisión Episcopal que tuvo a su cargo la investigación de la muerte de Angelelli y que llegó a la conclusión de que no había ningún elemento que permitiera afirmar la tesis del atentado. Por supuesto, sé muy bien que este testimonio no tiene valor legal alguno. Desgraciadamente aunque el Padre Melchiori informó en su momento a sus superiores sobre este hecho, no dejó ninguna constancia escrita. La única prueba es la insobornable veracidad de Melchiori y la memoria de quienes oímos y conservamos sus palabras.
Pero hay sobrados testimonios objetivos (entre ellos la fotografía que lo muestra a Angelelli celebrando misa con el emblema de Montoneros a sus espaldas), suficientes para preguntarnos ¿cuál era esa acción pastoral impedida por el Ejército de la que hablaba Angelelli en sus cartas al Nuncio Pío Laghi y que, según leímos en los medios, contribuyeron  decisivamente a la condena de los imputados por un crimen que no existió?”

Recomendamos a los lectores reproducir completo el video del programa (alrededor de 55 minutos). No tiene desperdicio:


viernes, 16 de noviembre de 2018

El Papa estampita y el Papa real

Es indudable que los "medios" visuales tienen su interés para el presente Pontificado. Los medios del Vaticano, oficiales y oficiosos, desplegaron sus fuegos de artificio en el reciente "Sínodo", como lo vienen haciendo en cada viaje papal, en cada JMJ, en cada Audiencia General de los miércoles, en cada Ángelus de domingo, en cada vídeo, y en cada imagen, en la que tratan de vender su versión del Papa Francisco. Por citar sólo un ejemplo, el sitio Vatican News se preocupó por difundir imágenes muy bien elaboradas de Su Santidad, junto a sus "hermanos obispos", en los recreos durante las sesiones del "Sínodo"; o fotografías realmente enternecedoras de Francisco rodeado de jóvenes... todos tan espontáneos... tan felices... ¿No es cierto?... No. Yo diría que no: las citadas imágenes se plantean con un cuidado y detallismo casi de profesional del diseño gráfico. Efectivamente: no. A mí no logran convencerme de su espontaneidad.
Mutatis mutandis, todo esto me recuerda el cuidado que tomaba SS Pío XII con su propia imagen. Cuando fotografiaban al papa Pacelli con un obispo que lo visitaba en los palacios pontificios, el pobre obispo tenía que pararse, incómodamente, mirando a la cámara, exponiéndose al luminoso fogonazo; mientras que el gentil pontífice estaba siempre observando un punto diferente e indefinido, con lo que quedaba así enfatizada su dignidad (y su astucia). Una muestra de esto, entre tantas, es la foto junto a Mons. Marcel Lefebvre, que acompaña este texto.
Ninguno de mis lectores se va a sorprender (y espero que no se vaya a escandalizar si no lo sabían) si recuerdo aquí que SS Pío XII hizo grandes esfuerzos (trabajos "de producción" los llamaríamos hoy) con los equipos de fotógrafos de estudio que trabajaban en el Vaticano, para identificar, codificar, standarizar y refinar aquellas poses y posturas que, según el Papa Angélico, lo mostrarían a él, produciendo el mejor efecto visual.
Es extraño que SS Benedicto XVI no pareciera necesitar toda esta auto-promoción autoconsciente… Promoción que sí, en cambio, obviamente necesita SS Francisco. Por supuesto, los astutos escrúpulos fotográficos del papa Pío XII quedan reducidos a inocentes juegos de niños en comparación con el aparato propagandístico del papa Francisco.

Recordemos que a fines de 2013, a pocos meses de iniciado el actual pontificado, Bergoglio contrata a McKinsey & Company para mejorar el funcionamiento de los medios de comunicación de la Santa Sede. Los instrumentos de comunicación fueron desde aquel momento agrupados, creando una plataforma digital única para la publicación de artículos, imágenes y podcasts. Expertos vaticanistas como Tornielli y Spadaro, han expresado repetida y claramente la importancia que atribuye el papa Francisco a internet y a las redes sociales, y esto desde el día mismo en que fue elegido Papa. En ese momento Su Santidad "activó a los millares de personas presentes conectándolas con su persona y con cuanto sucedía, demostrando que él mismo era una red social", ha declarado el jesuita director de la Civilta Cattolica durante la presentación de su último libro Ciberteología: pensar el cristianismo en tiempos de internet.
Entre los más estrechos colaboradores de Su Santidad, existen expertos en técnicas de manipulación e instrumentalización de las noticias, como el mismo Spadaro, o monseñor Dario Edoardo Viganò (nada que ver con Carlo Maria Viganò, salvo el apellido), ex ministro de comunicaciones del Vaticano obligado a renunciar en marzo pasado, a causa de la recordada falsificación de una carta confidencial de Benedicto XVI. Hay que recordar que mons. Dario Viganò encargó al director Wim Wenders la realización de la película propagandística El papa Francisco: un hombre de palabra, film que nada tiene que envidiar en marquetería publicitaria a las mejores producciones de propaganda nazi-hitleriana o soviético-stalinista. Además, en Italia se publica una revista titulada Il mio Papa, que cuenta lo que hace Francisco durante la semana. “Ningún pontífice ha hecho un uso tan extenso de las armas mediáticas como Jorge Mario Bergoglio” concluye Roberto de Mattei, en un reciente artículo en Corrispondenza Romana.

Sin embargo, toda esta acción mediática tiene, como se dice popularmente: “… patas cortas”. El velo se descorre, cada vez con menos desvergüenza, las cortinas del pudor dejan paso a la verdad, los pasillos a las ocultas recámaras quedan cada vez más despejados, y las tapas de los albañales quedan abiertas dando paso a la inmundicia. El Papa mediático, el de las JMJ franciscanistas, el Papa del control mediático, el Papa de las películas y documentales amañados, el Papa de las poses y de los videos mensuales, el Papa de las estampitas con frases escogidas pregonando una anticipada canonización en el Santoral, ese Papa es eso, precisamente eso: sólo el Papa de las estampitas, y no el verdadero Papa, el de la realidad.
Precisamente, estas últimas semanas, el Papa de la realidad, se nos viene revelando cada vez más como el Papa del miedo, de las amenazas, y de la intimidación.

Tras el "Sínodo" (o lo que sea que realmente fuese) finalizado en Roma semanas atrás, surgió la inquietud acerca de rumores de que la Santa Sede crearía algún tipo de organismo de censura en Internet sobre escritores y periodistas católicos. Por supuesto, esos rumores se basaban y basan en el propio texto del documento final de la asamblea episcopal. A esas noticias, sucedieron otras que tuvieron el mismo efecto atemorizante, referidas a las limitaciones que Roma ha impuesto a la libertad de acción de dos respetables obispos, filial y respetuosamente críticos del presente pontificado: el cardenal Raymond Leo Burke, y el obispo auxiliar de Astaná, Athanasius Schneider. No terminaban de acallarse los ecos de esas noticias, cuando surgió días atrás la intromisión absolutista y anti-sinodal del papa Francisco, limitando el accionar independiente de la Conferencia Episcopal de Estados Unidos, al parecer firmemente dispuesta en su mayoría a tomar algún tipo de medidas contra los abusos sexuales del clero.
A estas horas, en el actual punto del desarrollo de este tipo de nefastas noticias (que surgen todos los días desde el Vaticano), los rumores van dejando paso a la certeza, e incluso las noticias que parecen mantenerse en el área de las habladurías vienen a ser indirectamente confirmadas por las evidencias. Frente a este panorama, resulta difícil mantener la calma en los temperamentos que no tienden fácilmente a ella (como el mío) y moderar el lenguaje mientras escribo sobre todo esto. De modo que supongo que lo primero que se debe hacer es confiar en que gran parte del tsunami de noticias escandalosas sobre este pontificado pertenece al área del rumor. Pero les confieso que en lo que a mi respecta, mantener todavía la confianza en el accionar (humano) de los implicados en este pontificado, empezando por el modo de obrar de Su Santidad, me es cada vez más difícil, si no imposible. De todos modos, trato de mantener el principio rector de que sería poco caritativo asumir, sin pruebas sólidas, la verdad cierta de todas las historias que, de ser ellas verdad, redundarían tan profundamente en el desprestigio del rostro humano de la Iglesia actual, con todos sus involucrados. Habiendo dicho eso...
Todas estas noticias (con sus ya indudables certezas) nos brindan datos notablemente precisos sobre cómo funciona la Iglesia made in Bergoglio (y me estoy refiriendo siempre sólo al rostro humano de la Iglesia, y no a la esencia divina de la “Unam, Sanctam, Catolicam et Apostolicam Ecclesiam”, como cantamos en el Credo cada domingo).
1) Miedo. No puede ocultarse el sol con las manos: ya debe estar claro para todo honesto observador, que el pontificado del papa Bergoglio no tiene ningún escrúpulo en hacer del Miedo su principal instrumento de control, urbi et orbe, no sólo en Roma, sino en todo el mundo católico. Y esta conclusión se corresponde estrechamente con lo que los funcionarios y empleados de la Curia Romana han estado informando desde el mismo inicio del gobierno del Papa argentino. Y, por cierto, también se corresponde con las evidencias que gradualmente son de conocimiento público, acerca del estilo de gobierno del cardenal Bergoglio en sus tiempos de arzobispo de Buenos Aires. Todo asombrosamente desagradable...
2) Amenazas. Se supone que los Obispos son Sucesores de los Apóstoles, a quienes los Papas, desde tiempos inmemoriales, se han dirigido como a Venerables Hermanos. Es absolutamente impropio que Su Santidad se dirija a sus "Venerables Hermanos", como si fueran ellos pequeños niños traviesos, y les indique a cuál de sus hermanos Obispos deberían disuadir de hablar en sus diócesis, y a cuales de ellos no deberían escuchar (casos Burke y Schneider). Es obvio el temor a las consecuencias, temor que puede sentir cualquier obispo que intentara ser indiferente a estas veladas amenazas de Roma.
3) Intimidación. El aparente uso de Nuncios como espías hostiles y como agentes de intimidación es deplorable. Para hacer sólo un argumentum ad hominem: la "Iglesia sinodad", pregonada por Su Santidad, sólo existe para el discurso populista, no existe en la realidad. A las intenciones sinodales del papa Francisco, las desmienten día a día, sus nuncios y delegados a las asambleas episcopales nacionales (las Asambleas de las Conferencias Episcopales en USA, y en Argentina, son dos botones que sirven de muestra, sin mencionar los "comisarios" nombrados para diversas congregaciones religiosas, como los Franciscanos de la Inmaculada). ¿Tendríamos que empezar ya a usar en la Iglesia Bergogliana vocabulario estalinista? ¿Deberíamos ahora dirigirnos a los Nuncios como: Camarada Comisario?

"Something is rotten in the state of Denmark" ("Algo huele a podrido en Dinamarca") dice Marcelo, en el Hamlet, de William Shakespeare. Algo huele a podrido en Roma... y no sólo en Roma.

 Fr Filemón de la Trinidad O.E.U.

jueves, 15 de noviembre de 2018

Clericalismo y Diezmo para sueldo de Obispos argentinos (III)

[Apuntes 18] Si los lectores aún no leyeron las dos primeras partes de esta serie, conviene que lo hagan para comprender lo reflexionado antes de esta tercera parte (aquí la primera parte, y aquí la segunda parte).

Llega ahora el momento “pre-casuístico”, por así decir, cuando el autor de estos apuntes debe sugerir alguna respuesta al llamado concreto que puede hacernos nuestro párroco, o nuestro obispo diocesano, a ser más “solidarios con las necesidades de la Iglesia”, en este momento en que los obispos de Argentina han decidido renunciar (sea gradualmente o como sea) a los aportes del Estado.
Como dije en la nota anterior, si lo único que nos llega al respecto es un llamado que hace la Conferencia Episcopal Argentina (CEA), en lo que mi respecta, la respuesta es sencilla y fácil de poner en práctica: de mí no recibirán ninguna colaboración. En primer lugar porque la CEA no tiene sobre mí en cuanto fiel católico argentino ninguna potestad que esté fundada teológica o jurídicamente. Y en segundo lugar, en el supuesto que existiera esa potestad de la CEA sobre mí –que no existe- tengo para mí muy claros argumentos en los que fundamentar mi negativa a ser solidario con la CEA, básicamente por estar convencido que hace décadas que los obispos argentinos -hablando en general- no vienen cumpliendo su deber de pastores.
Hay que recordar que todo derecho se funda en un deber que le precede. Tal como expresé en mi nota anterior, recurriendo a textos del Catecismo y del Código de Derecho Canónico, la Iglesia necesita de nuestra ayuda material para que pueda cumplir su responsabilidad respecto “al culto divino, las obras apostólicas y de caridad, y el honesto sustento de los ministros”. (CDC c.222 §1). En suma, ése debe ser el destino de nuestro diezmo: liturgia, evangelización, decoroso sustento del clero. ¿Hace falta aquí que haga una descripción de la falta de preocupación que han demostrado los obispos argentinos –de nuevo: hablando en general- durante décadas a estos tres aspectos de su vida y de su misión? Repito entonces: planteado el llamado a la solidaridad de los fieles venido de los obispos argentinos en su conjunto, la respuesta en mi opinión es indudable: ninguna colaboración.

Pero cosa muy distinta es cuando el llamado a que los fieles católicos sean más solidarios en ayudar a las necesidades de la Iglesia provenga del propio obispo diocesano, o del propio cura párroco. En tal caso, el fiel católico argentino deberá discernir (usemos esta palabrita que tanto le gusta usar a Su Santidad) si corresponde o no la colaboración. Y si el fiel juzga que debe colaborar con su párroco o con su obispo, ante todo él deberá asegurarse que su aporte tiene por destino las necesidades de la iglesia parroquial o de la iglesia diocesana, y que esos fondos no se vayan a derivar para cubrir los gastos de la burocracia de la CEA.
De modo que llegados a este punto, no puedo dar respuestas concretas, porque cada caso es cada caso, y cada fiel deberá discernir la obligación que tiene o no de colaborar. Y para eso, cada fiel deberá hacerse preguntas muy concretas acerca del estilo de vida de su párroco y de su obispo. ¿Se comportan ellos como verdaderos “vicarios” de Jesucristo, transmitiendo su Verdad y su Gracia? ¿Sus enseñanzas constituyen la transmisión íntegra de la Fe de siempre de la Iglesia? ¿O más bien su enseñanza ha sido un discurso que se ha ido acomodando a los tiempos que corren, y han ido callando sobre verdades de la Ley Natural y la Ley Divina, a medida que la sociedad argentina ha ido apostatando de su Fe?
Como expresó un lector en un comentario a la nota anterior: ¿Quién escucha predicar hoy a los obispos y sacerdotes argentinos a favor del sacramento del matrimonio y contra el divorcio?, ¿Quien los escucha argumentar contra el concubinato, contra el segundo matrimonio, contra el llamado matrimonio igualitario, contra la homosexualidad?... A duras penas si hablan contra el aborto y la ESI. Pero pierdan cuidado: si se legaliza el aborto y se aprueba la educación en la ideología de género, ya no hablarán más de eso, como han dejado de hablar de todo lo anterior. “¿Por qué? –se preguntaba uno de los lectores- Porque en mi opinión no tienen recta fe, y sólo tienen fe en la nueva religión del Papa, de acomodarse al mundo, de la misericordia sin justicia, de acompañar, de acoger a todos y a todas (o todes)”. ¿Se sancionó el divorcio en Argentina? Para los obispos argentinos los divorciados pasaron a ser católicos normales. ¿Se sancionó la ley contra la discriminación u homofobia en Argentina? Los obispos y sacerdotes callaron, y ahora tienen un miedo atroz a ser denunciados al INADI. ¿Se sancionaron las leyes pro-homosexuales y el pseudo-matrimonio homosexual o “igualitario”? Para el clero argentino los homosexuales activos ahora son personas normales. La evidencia es que, para la generalidad de los obispos argentinos (y en general para los sacerdotes argentinos), cada vez que la sociedad civil en nuestro país ha dado un paso adelante hacia la apostasía de la Fe y la desobediencia de la Ley Natural y Divina, el clero argentino fue “recortando” o “adaptando” su enseñanza al “nuevo paradigma”.
¿Esos pastores, obispos y sacerdotes que han silenciado la verdad, que han claudicado en su misión de defender la recta Fe y Tradición, que han dejado de predicar la Ley Divina y la Ley Natural, siguen siendo en realidad vicarios de Jesucristo? ¿Siguen siendo verdaderos Pastores del Pueblo de Dios? ¿O no será más bien que se han convertido en verdaderos lobos rapaces, de los que hay que defenderse para conservar la Fe?...

Frente a esas preguntas hay que hacer una distinción: hay que distinguir por un lado la Iglesia, y por otro lado los hombres que componemos la Iglesia. La Iglesia siempre es santa, no así los hombres de la Iglesia. Y olvidar esto es causa de grave confusión, no sólo entre los fieles. Al parecer, tampoco Su Santidad tiene siempre en claro esa distinción.
Por ejemplo, a poco de iniciar su pontificado, en la Audiencia General del 11 de septiembre de 2013 decía: "La Iglesia y la Virgen María son madres, ambas; lo que se dice de la Iglesia se puede decir también de la Virgen, y lo que se dice de la Virgen se puede decir también de la Iglesia. […] ¿Amamos a la Iglesia como se ama a la propia mamá, sabiendo incluso comprender sus defectos? Todas las madres tienen defectos, todos tenemos defectos, pero cuando se habla de los defectos de la mamá nosotros los tapamos, los queremos así. Y la Iglesia tiene también sus defectos: ¿la queremos así como a la mamá, le ayudamos a ser más bella, más auténtica, más parecida al Señor?". Queda claro el error que encierran esas palabras del papa Francisco: “¿Amamos a la Iglesia… sabiendo incluso comprender sus defectos?... La Iglesia tiene también sus defectos”.
Si esas afirmaciones, fueran formuladas por el papa Francisco en una declaración magisterial solemne, y luego él fuera llamado a corregir lo dicho, y aún así él se mantuviera, contumaz, firme en su error (cosa que no ha sucedido todavía), entonces Su Santidad sería pasible de ser acusado de haber caído en herejía.

La tremenda crisis de Fe y de corrupción moral que hoy vivimos en la Iglesia católica ha puesto aún más en claro, si esto es posible, la distinción entre santidad y pecado en la Iglesia: la primera, la santidad, es propiedad de la Iglesia, que cantamos “Santa” cada domingo en el Credo; mientras que el pecado pertenece a los hombres de la Iglesia, no a la Iglesia misma.
En tal sentido, la valiente denuncia de los escándalos eclesiásticos hecha ya por tantos obispos, providencialmente, y principalmente por el arzobispo Carlo Maria Viganò en sus cartas públicas, ha suscitado el consenso de muchos, pero también la desaprobación de algunos, convencidos de que debería cubrirse con el silencio todo lo que desacredita a los representantes de la Iglesia, incluido el Papa.
También la Conferencia Episcopal Argentina se ha expresado de este modo, invitando a acallar las críticas y hacer silencio, para “defender la Iglesia”, dicen. Sin embargo, y como bien lo ha explicado el profesor Roberto De Mattei en una de sus conferencias, este deseo de proteger la Iglesia es comprensible cuando el escándalo representa una excepción (como es el caso de la caída moral de algún sacerdote, o la corrupción personal de algún obispo). En esos casos existe el riesgo de generalizar, adosando a todos el comportamiento de unos pocos. “Pero es bien diverso el caso cuando la inmoralidad viene a representar la regla, o al menos representa un modo de vivir muy difundido, generalizado, y aceptado como normal. En este caso, la pública denuncia es el primer paso hacia la necesaria reforma de las costumbres” dice De Mattei.
“Precisamente, en los orígenes de un silencio culpable frecuentemente existe una falta de distinción entre la Iglesia y los hombres de la Iglesia, ya sean simples fieles, u obispos, cardenales, o Papas. Y una de las razones de esta confusión es precisamente la eminencia de las autoridades involucradas en los escándalos. Cuanto mayor es la dignidad de los implicados, más se tiende a identificarlos con la Iglesia, atribuyendo el bien y el mal indiferentemente a la una y a los otros. En realidad, el bien pertenece sólo a la Iglesia, mientras que sólo a los hombres que la representan se debe todo el mal” dice también el historiador italiano.
Precisamente por esta razón la Iglesia no puede ser llamada pecadora. El padre dominico Roger T. Calmel, escribió: "La Iglesia le pide perdón al Señor no por los pecados que Ella ha cometido, sino por los pecados que cometen sus hijos, en la medida en que no la escuchan como madre". Todos los miembros de la Iglesia, que son parte sea de la Iglesia docente o de la Iglesia discente, son hombres, por su propia naturaleza, herida por el pecado original. Ni siquiera el Bautismo convierte impecables a los fieles, ni tampoco el Orden Sagrado los hace tales a los miembros de la Jerarquía. El mismo Sumo Pontífice puede pecar y puede errar, excepto en lo que concierne al carisma de la infalibilidad.

Hoy existe mucha suciedad en la Iglesia, como dijo el entonces Cardenal Ratzinger en el Vía Crucis del Viernes Santo de 2005, que precedió a su ascenso al papado. "¡Qué poca fe hay en tantas teorías, cuántas palabras vacías! ¡Cuánta suciedad hay en la Iglesia, e incluso entre aquellos que, en el sacerdocio, deberían pertenecerle completamente a Él! (Jesús)".
El testimonio de mons. Carlo Maria Viganò es meritorio porque, al sacar a la luz esta suciedad, hace más urgente la obra de purificación de la Iglesia. Debe quedar claro que la conducta de obispos o sacerdotes indignos no está inspirada por los dogmas o la moral de la Iglesia, sino que constituye su traición, porque representa una negación de la ley del Evangelio.

Las noticias que nos llegan día a día de la crisis en la Iglesia son abrumadoras, y pueden llegar a desalentarnos. No faltan quienes dicen que hay que renunciar a la acción y a la lucha, porque humanamente ya no es posible hacer nada, y lo único que resta es esperar una intervención milagrosa o extraordinaria de la Divina Providencia. Es cierto que es solo Dios quien dirige la historia; pero también es cierto que Dios exige la colaboración de los hombres, y si los hombres dejan de actuar, deja también de actuar la gracia divina, recuerda De Mattei.
No faltan tampoco quienes dicen que también hay que renunciar a la palabra. Más de una vez me he encontrado con quienes me dicen que calle, que haga silencio, que deje de escribir (por cierto, no es este blog el primer medio en que me expreso), que me dedique a rezar, y nada más. Pero debemos recordar que el Día del Juicio no sólo daremos cuenta de las palabras inútiles, sino también de los silencios culpables. Es cierto que hay vocaciones al silencio, como las de tantos religiosos contemplativos; pero los católicos, desde los pastores al último de los fieles, tienen el deber de dar testimonio de su fe con la palabra y con el ejemplo.

Por otro lado, hay que reconocer que hoy en día el silencio no se vive como un momento de recogimiento y reflexión que prepara para la lucha, sino como una estrategia política alternativa a la lucha. Un silencio que predispone al disimulo, la hipocresía y la rendición final. Y creo que más de uno de los obispos argentinos son ejemplo de esta gradual claudicación por medio del silencio culpable. Día tras día, mes tras mes y año tras año, la política del silencio se ha convertido en una jaula que los ha venido encerrando. En este sentido, el silencio no es sólo una culpa de hoy, sino también el castigo por las culpas de ayer. Hoy son prisioneros del silencio los que han callado durante demasiados años, olvidándose que sólo la Verdad nos hace libres (Jn.8, 32).
Hay tiempo de callar y tiempo de  hablar, dice el Eclesiastés (3,7). Hay momentos en que se debe callar, pero también hay momentos para hablar. Y hoy es el momento de hablar. “Hablar significa ante todo dar testimonio público de fidelidad al Evangelio y a las inmutables verdades católicas, denunciando los errores que se contraponen a éstas. La Sagrada Tradición sigue siendo el criterio para discernir lo católico de lo que no es católico y para poner de manifiesto las notas visibles de la Iglesia. La Tradición es la Fe de la Iglesia que los pontífices han mantenido y transmitido a lo largo de los siglos. Pero la Tradición tiene preeminencia sobre el Papa, y no el Papa sobre la Tradición” dice también De Mattei.
Por tanto, no basta con hacer una denuncia genérica de los errores que se oponen a la Tradición de la Iglesia. Es preciso que demos a conocer el nombre de quienes en el seno de la Iglesia profesan una teología, una filosofía, una moral o una espiritualidad que se opongan al Magisterio perenne de la Iglesia, sea cual sea el cargo que ocupen, aunque se trate de nuestro propio párroco, o de nuestro obispo, o del mismísimo Sumo Pontífice. Y de ello no hay duda: hoy en día hay que reconocer que es el propio Papa quien promueve y difunde errores y herejías dentro de la Iglesia. Necesitamos el valor para decirlo, con toda la veneración debida al Sumo Pontífice. La verdadera devoción al Papado se manifiesta en una actitud de resistencia y corrección filial.
Pero no sólo hay un “tiempo para hablar”. Hay también un “modo de hablar” con el que se expresa el católico. La corrección (al párroco, al obispo, al papa) debe ser filial, siempre respetuosa, devota, sin sarcasmo, sin irreverencia, sin desprecio, sin celos amargos, sin complacencia, sin orgullo, con profundo espíritu de caridad, que es amor a Dios y a la Iglesia.

Sin embargo, es necesario tener en cuenta que no basta con esta denuncia y crítica a los párrocos y obispos que no cumplen con su misión. Hay algo más que se puede hacer. Lo expresó muy bien el profesor Roberto de Mattei recurriendo a una utilísima analogía con un tema de moral matrimonial: “No basta con denunciar a los pastores que demuelen o que promueven la demolición de la Iglesia. Es necesario reducir al mínimo indispensable la convivencia con ellos, como en el caso de una separación matrimonial. Si un padre ejerce la violencia física contra su mujer o sus hijos, la esposa, aunque reconozca la validez del matrimonio y no pida la anulación, puede solicitar la separación a fin de protegerse y proteger a sus hijos. La Iglesia lo permite. Dejar de vivir juntos habitualmente significa en este caso distanciarse de las enseñanzas y prácticas de los malos pastores, negarse a participar en los programas y actividades que promueven”.
Por consiguiente, va de suyo que apartarnos de los malos pastores puede implicar, según los casos, negarnos a socorrer materialmente su acción demoledora de la Fe y la Tradición de la Iglesia de siempre, es decir, negarnos a socorrerlos en sus necesidades materiales, porque socorrerlos en tales casos sería colaborar con la difusión del error, la herejía, y la corrupción moral.

Pero la Iglesia no puede desaparecer; por eso, es necesario apoyar el apostolado de los buenos pastores, de aquellos que se mantengan fieles a la Fe y la Tradición de la Iglesia, participar en sus iniciativas y animarlos a hablar, actuar, y guiar a la desorientada grey. Es decir, es hora de apartarnos de los malos pastores y asociarnos a los buenos, dentro de la única Iglesia en la que también conviven, en un mismo terreno, el trigo y la cizaña, recordando que la Iglesia es visible y no puede salvarse fuera de sus legítimos Pastores.

miércoles, 14 de noviembre de 2018

Clericalismo y Diezmo para sueldo de Obispos argentinos (II)

[Apuntes 17] Retomemos el tema del apunte anterior [El Clericalismo y el Diezmo para el sueldo de los Obispos argentinos (I)]. A juzgar por algunos comentarios recibidos, me da la impresión que hay lectores que deben reflexionar algo más la diferencia entre lo clerical y lo clericalista. Lo clerical es lo que pertenece propiamente al clero, a su lugar y a su rol en la constitución y en la vida de la Iglesia. Lo clericalista es el vicio que se produce cuando el clero ocupa un lugar y ejerce roles que exceden su lugar y su rol específico en la Iglesia, invadiendo el lugar y el rol que le compete al laicado. El clericalismo, en este sentido, es la invasión del clero en ámbitos y funciones que son propios y específicos de los laicos. En definitiva, se trata de una cuestión jurídica, una cuestión de deberes y derechos: vale decir, de los deberes y derechos que tienen los fieles cristianos laicos en la Iglesia, deberes y derechos que el vicio del clericalismo viene a coartar o suprimir [1]. Y esto ocurre de modo activo: cuando es el clero el que coarta o suprime los deberes y derechos del laicado; o de modo pasivo: cuando son los laicos los que se dejan invadir por el clero en áreas que son propias del laicado.

A riesgo de dejar todavía mucho en el tintero sobre el tema de la diferencia entre lo clerical y lo clericalista, pasemos directamente al tema conexo, es decir, la reciente decisión de la 116° Asamblea Plenaria de la Conferencia Episcopal Argentina (CEA) aceptando (según lo expresa la agencia AICA): “el reemplazo gradual de los aportes del Estado (asignaciones a los obispados, becas para los seminaristas y parroquias de frontera), por alternativas basadas en la solidaridad de las comunidades y de los fieles, asumiendo el espíritu de las primeras comunidades cristianas, que ponían lo suyo en común”. La agencia informativa oficial de la CEA puntualizó además que la Comisión Episcopal para el Sostenimiento de la Misión Evangelizadora de la Iglesia (que ya ha quedado conformada [2]), “trabajará en la creación de un fondo solidario y en la continuidad del diálogo con el Gobierno Nacional, consensuando diversas alternativas que facilitarán este reemplazo”.

La conexión entre el tema del clericalismo, al que me referí en el apunte anterior, y el tema del diezmo o sostenimiento de la Iglesia por parte de fieles, se hace evidente si se recuerda lo dicho al principio: lo clerical y lo clericalista, así como lo laical, es una cuestión jurídica, es una cuestión de deberes y derechos.
El nuevo Catecismo de la Iglesia Católica, en su última edición (1997), al referirse al quinto Mandamiento de la Iglesia, dice: “El quinto mandamiento (ayudar a las necesidades de la Iglesia) enuncia que los fieles están además obligados a ayudar, cada uno según su posibilidad, a las necesidades materiales de la Iglesia” [3]. La edición anterior, de 1992, expresa lo mismo [4]. La nota al pie de página refiere al Código de Derecho Canónico: “Los fieles tienen la obligación de subvenir a las necesidades de la Iglesia, de modo que ésta disponga de lo necesario para el culto divino, las obras apostólicas y de caridad, y el honesto sustento de sus ministros” [5]. Para evitar de antemano las probables objeciones de algunos lectores de comunidades tradicionales, que pudieran poner algún reparo a las anteriores citas, les recuerdo que las dos ediciones post-conciliares del Catecismo de la Iglesia no hacen sino repetir la doctrina señalada también por el Catecismo Mayor de San Pío X, el cual se refiere al Quinto Mandamiento de la Iglesia: “Ayudar a la Iglesia en sus necesidades” [6], en los siguientes términos: “El quinto mandamiento, Ayudar a la Iglesia en sus necesidades, se guarda pagando las ofrendas o prestaciones establecidas para reconocer el supremo dominio de Dios sobre todas las cosas y para proveer a la decorosa sustentación de sus ministros”. Aclarando luego: “Estas ofrendas deben pagarse de aquellas cosas y en aquella manera que se acostumbra en cada lugar” [7].

Hoy los fieles católicos argentinos, conscientes de su deber de cumplir con el quinto mandamiento de la Iglesia, “Ayudar a la Iglesia en sus necesidades”, se preguntan sobre la respuesta que deben dar al llamado a la solidaridad que han hecho los obispos argentinos en su conjunto, como Conferencia Episcopal Argentina (aunque, en realidad, se conoce poco y nada sobre este pedido, salvo afirmaciones generales publicadas en un escueto reporte de su agencia informativa).
Lo primero que debe decirse, es que los fieles católicos argentinos, como los de cualquier país del mundo, pertenecen a Diócesis concretas, y son el particular rebaño de un determinado Pastor, el obispo diocesano; los católicos argentinos no son la grey de la CEA. Cada fiel católico debe sentir el deber de ser fiel a su Pastor diocesano, y no a la CEA, porque el deber de seguir las disposiciones de una conferencia episcopal nacional, no existe, ni teológica ni jurídicamente. De modo que sólo se debe responder ante un llamado concreto del obispo diocesano (o de su delegado, el cura párroco). Y si se da el caso que lo que pide el obispo o el párroco es un aporte material de sus fieles, entonces serán los fieles quienes deberán juzgar las circunstancias concretas que enmarcan este pedido del propio obispo particular o del propio párroco, para responder o no responder, o decidir el modo como responder o el modo como no responder.

Por lo pronto, es sorprendente que la CEA haya fundamentado su llamado a la “solidaridad de las comunidades y de los fieles”, invocando el argumento de que los fieles deben hacerlo “asumiendo el espíritu de las primeras comunidades cristianas, que ponían lo suyo en común”. Dicho en abstracto, este argumento es correcto; pero hablando también en abstracto, este argumento implica y exige que los obispos también se comporten de modo similar a los apóstoles y pastores de aquellas “primeras comunidades cristianas”, o al menos que hagan todo lo posible por comportarse de ese modo. Esta sencilla inferencia no es un razonamiento simplista, sino que es un criterio fundamental por el cual deben guiarse los fieles católicos argentinos para dar respuesta o no dar respuesta, y para decidir el modo de dar respuesta o no dar respuesta, al pedido de su obispo o de su párroco, al que cada fiel en su respectiva diócesis y parroquia tiene el deber de seguir, como sigue la oveja a su Pastor.
Por ende, el fiel católico argentino deberá plantearse preguntas muy concretas respecto a su propio obispo y a su propio párroco, preguntas que implican juzgar y discernir: ¿Necesita mi diócesis, mi obispo, este nuevo aporte que se me pide? ¿Necesita mi parroquia, y mi párroco este nuevo acto de solidaridad de mi parte? ¿Son merecedores mi obispo, o mi párroco de este nuevo aporte económico? ¿O puedo yo cumplir mi deber de “ayudar a la Iglesia” de otro modo diferente?...
Se trata de preguntas que tienen relación no con el pecaminoso acto de “juzgar” en el sentido de “condenar”, de lo cual N.S. Jesucristo nos ha alertado: “No juzguéis para no ser juzgados…”. Sólo el Señor juzga en ese sentido, sólo Él separará al final el trigo y la cizaña, sólo él conoce el bien o el mal que anida en el corazón de cada hombre; y no nos corresponde juzgarlo a nosotros. Se trata de preguntas que tienen relación con un discernimiento que N.S. Jesucristo mismo nos ha llamado a hacer, porque Él nos previno que habría buenos y malos pastores, nos alertó que eso sucedería en su Iglesia, y para prepararnos a ello invocó textos del Antiguo Testamento, y se refirió también a la hipocresía de los maestros de la ley y de los fariseos, como figuras de los pastores del Nuevo Testamento: “Haced y cumplid lo que os digan, pero no hagáis lo que ellos hacen, porque dicen y no hacen. Atan cargas pesadas e insoportables y las echan a los hombros del pueblo, pero ellos ni con un dedo quieren moverlas” [8]. “El buen pastor su vida da por las ovejas. Mas el asalariado, y que no es el pastor, de quien no son propias las ovejas, ve al lobo que viene, y deja las ovejas, y huye, y el lobo las arrebata, y esparce las ovejas. Así que, el asalariado, huye, porque es asalariado, y no tiene cuidado de las ovejas” [9]. Muchos serían los textos que aquí podrían citarse, de los Evangelios y de las Cartas de San Pablo, para justificar el discernimiento que el fiel católico debe hacer de los buenos y malos pastores, particularmente en la actual crisis de la Iglesia.

Precisamente porque el quinto precepto de la Iglesia nos pide: “Ayudar a la Iglesia en sus necesidades”, quedan bien claro sobre todo dos cosas: por un lado, se trata de ayudar “a la Iglesia”, y por otro lado, en sus “necesidades”. Habrá que discernir ambas cosas, entendiendo que “ayudar a la Iglesia” no implica reduccionismos simplistas, tales como ayudar al clero, y entendiendo que las “necesidades de la Iglesia” no son meramente las necesidades del clero, aunque también impliquen las necesidades del clero, aunque… juzgando bien a qué necesidades nos referimos.

Confiando que los gentiles lectores van siguiendo el hilo de la serie, opto por hacer un nuevo corte aquí mismo, para no extenderme hoy en demasía, prometiendo seguir este tema en la próxima tercera parte. 


[1] Convendría que el lector interesado repasara sobre este tema el Libro II “El Pueblo de Dios” del Código de Derecho Canónico”, en sus números 208 a 231, donde se prescribe sobre los deberes y derechos de todos los fieles cristianos y de las obligaciones y derechos de los fieles cristianos laicos.
[2] Véase este documento firmado el 13.11.2018 por mons. Carlos H. Malfa, Obispo de Chascomús y Secretario de la CEA: http://www.episcopado.org/contenidos.php?id=1825&tipo=unica
[3] Catecismo de la Iglesia Católica, versión 1997, n. 2043.
[4] Catecismo de la Iglesia Católica, versión 1992, también en su n. 2043.
[5] Código de Derecho Canónico, 1983, c. 222 §1.
[6] San Pío X, Catecismo Mayor, n. 476.
[7] San Pío X, Catecismo Mayor, nn. 504-505.
[8] Evangelio de San Mateo 23, 3-4.
[9] Evangelio de San Juan 10, 11-13-